Siguiendo la más pura ortodoxia narrativa, que nos dice que una buena historia ha de tener tres partes bien diferenciadas, ésto es: presentación, nudo y desenlace, trataré de explicar mi odisea respetando tan básicos principios.
Resulta que tengo un amigo, (o eso creía yo), que se llama Pedro. Ya sé que se podía llamar de otra manera, pero no. Se llama Pedro. Mis amigos tienen estas cosas.
Un buen día, me dijo:
- ¿Tu conoces el "Canto Ventana"?
- ¿Ezo qué ez lo que ez? - Le contesté intrigado.
- Pues, una roca que tiene una ventana natural.
- ¡Aaaahhh! Gracias por la aclaración.
- Si quieres vamos mañana a verlo y la puedes fotografiar...
Evalué mentalmente el ofrecimiento, pensando que si Jesús le dijo a Pedro, "tu eres piedra y sobre ella edificaré mi Iglesia", (Mateo 16:13-20), llamándose mi amigo también Pedro, lo lógico es que entendiera también de piedras bastante, ¿no? Así que, me mostré ilusionado e intrigado.
- ¿Está muy lejos? - Pregunté no obstante, todavía no muy convencido.
- ¡Qué va! Es un paseo por el campo muy agradable.
De esta manera, al día siguiente, vestido convenientemente con mi traje de Indiana Jones, aunque sin sombrero, (luego lo lamentaría), nos pusimos en marcha temprano por la mañana.
Los pájaros trinaban a nuestro alrededor y la imagen del campo era de lo más bucólica. El día era muy soleado y, pese a que la temperatura aumentaba un grado cada minuto que pasaba, el "paseo" se me antojaba de lo más placentero.
Pero, horas más tarde, después de recorridos unos 182 kilómetros aproximadamente, con cuarenta grados a la sombra, (inexistente), campo a través, por senderos forestales impracticables, escalando montañas escarpadas a pelo y salvando precipicios amenazantes, con unos ocho mil millones de moscas y mosquitos revoloteando sobre mi cabeza con ese zumbido tan "agradable" y después de haberme aporreado por todas partes de mi cuerpo a manotazos para espantar a estos insectos tan "adorables", le pregunté a mi amigo Pedro con evidente mosqueo:
- ¿Falta mucho?
- ¡Qué va! Ya te he dicho que es un paseo.
- ¡Joder con el paseo! - Dije con la dificultad añadida de mi lengua que llegaba hasta mis pies y mi boca en plan lija del cuatro por la falta de agua.
Ya no había vuelta atrás, menos cuando yo no sabría volver por mis propios medios. Así que, decidí seguir a mi "amigo" Pedro, planificando ya mi venganza, si es que sobrevivía al jodido "Canto Ventana".
Para no hacer la historia muy larga os diré que, después de 357 kilómetros recorridos, más o menos, con las suelas de mis botas de Indiana Jones con sendos agujeros como el túnel del metro, mis pies, más que llagados, estigmatizados y reptando más que andando, llegamos al "Canto Ventana".
Estas son las fotos del lugar.
- ¿A que es bonito? - Me preguntó con meliflua sonrisa.
- Pues... sí... Le contesté con los ojos inyectados en sangre y mostrando con mi gesto todo el desprecio, rencor y odio que sentía en aquel momento.
Ya sé que las fotos no son buenas. ¿Qué queréis? Si no me podía poner de pie y el estabilizador de imagen de la cámara había decidido dimitir de forma irrevocable bastantes kilómetros más atrás.
En la tercera fotografía, con evidente recochineo, podéis ver asomado en la ventana al ínclito Pedro, sonriendo beatíficamente. Os puedo prometer que, al comienzo de la caminata, era mucho más joven de lo que aparenta en la foto.
- No te preocupes - me dijo - que ahora, a la vuelta, conozco un atajo y se nos hará más corto.
- ¡Coño! ¿Y no podíamos haber venido por el atajo?
- Quería que gozaras del campo, me contestó.
Puedo prometer y prometo que se me pasó por la mente asesinarle allí mismo pero, insisto, como no sabía volver por mi mismo, decidí aplazar la ejecución para un mejor momento.
- Es una pena que no me haya traído el podómetro, así podríamos saber la distancia que hemos recorrido. - Me dijo.
- Yo te lo puedo decir. La que separa Cádiz de Laponia - Le contesté.
Volvimos por el "atajo". Era verdad. Se acortaba camino. Unos veinte metros aproximadamente.
Y aquí acaba la historia.
Como es evidente, Pedro ya no es mi amigo. Muy al contrario, es mi enemigo.
Bueeeeeeno, vaaaaleeee. Pese a todo, sigue siendo mi amigo del alma. Sobre todo después que llegamos arrastrándonos al primer bar que encontramos, (356,980 kilómetros más adelante), y me invitó a unas cervecitas bien frías.
La primera, en vez de bebérmela, me la tiré encima de la cabeza.
He de confesar que es la primera vez que he visto una cerveza hervir.












